El deporte es cultura - La cultura del deporte

Por Natalia Freire

La Deporteca

De la aceptación a la ira



 
De la aceptación a la ira

 


 
Mis hijos me oyen sollozar delante de la pantalla y enseguida se acercan para preguntarme por qué lloro. Sus abrazos me consuelan. Soy muy afortunada por tenerlos. Por tener a mi familia conmigo durante este maldito encierro, por tener internet, Netflix, por poder trabajar desde casa, por conservar, de momento, el trabajo. Sí, tengo suerte. Y aun así, ¿por qué me siento tan mal?
 
Mi situación es parecida a la mayoría de las personas que conozco. Tenemos la fortuna de no haber perdido a nadie de nuestra familia directa aunque casi todos estamos perdiendo familiares, amigos y conocidos. En casi todas las casas, por no decir en todas, nos hemos lamentado por la muerte de una persona de nuestra familia o a la que conocíamos o, simplemente, por todas las personas que están muriendo cada día. Las pérdidas humanas son las más dolorosas y contener esa tragedia es la prioridad. Por eso estamos encerrados y parece que funciona. Y menos mal que funciona. Ver que las cifras descienden, aunque sea lentamente, alivia. Pero eso no significa que lo que estamos viviendo no sea tan terrible como un terremoto.
 
Así lo definió Raúl Chapado, el Presidente de la RFEA en su charla con Juan Carlos Higuero en su serie En casa con los atletas. Chapado comparó la situación que estamos viviendo por la crisis del coronavirus con un terremoto de magnitud 7, el más destructivo, porque más allá de la tragedia humana, este seismo tendrá réplicas. Y serán duras.
 
Raúl Chapado fue plusmarquista en triple salto y sabe bien cómo se sienten los atletas. Por eso les advirtió que se avecinan tiempos difíciles y todos, estamentos nacionales e internacionales, tendrán que adaptarse a esta nueva situación que nadie esperaba y para la que aún no hay mecanismos ni herramientas que amortigüen el impacto del seismo.
 
Otra plusmarquista nacional en triple salto, la joven gallega, Ana Peleteiro, escribió el 15 de abril en su cuenta de twitter "Me agobia vivir con esa sensación de querer que se acaben los días. Parece que no estoy aprovechando la vida y eso no me gusta... Cuarentena, acábate ya".
 
Algunos pensaron que esas palabras no estaban bien, que hay que ser positivos y desprender buen rollo y más tratándose de una deportista joven y triunfadora. Pero yo me reconocí en esas palabras porque siento que estoy desaprovechando mi vida y pasando por un duelo similar al que tienen las personas que pierden a un ser querido, no ya en estos días sino en cualquier momento.
 
Obviamente el dolor no es comparable. Pero los sentimientos que estoy experimentando, sí.
 
Según los psicólogos las fases del duelo son, por ese orden: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
 
Desde el 12 de marzo, día en el que comenzó mi encierro, he pasado por todas ellas. Sólo que yo las estoy pasando desordenadas.
 
Mi primera etapa fue la aceptación. Bien, me dije. Hemos de estar en casa porque la cosa es grave y tenemos que frenar los contagios como sea.
 
Empecé fuerte. Optimista. Activa. Dejando la casa como los chorros del oro, ordenando los libros y los discos de mi estantería, acabando esa serie que tenía a medias, descubriendo que el fitness y el pilates provocan unas agujetas diferentes a las que conocía, charlando con algunos vecinos con los que nunca había hablado, comprobando que, a pesar de que detesto la cocina, cocino mucho mejor de lo que creo (soy la Agassi de los fogones) y felicitándome por no haber caído en la fiebre de la compra de papel higiénico porque en ese hueco del armario me cabían las cajas de cerveza perfectamente apiladas.
 
Después, con las prórrogas del confinamiento, la insostenible situación económica que nos amenaza, con cierres de locales, despidos y, sobre todo, las cifras de los fallecidos, pasé por la etapa de la negación: No. Esto no puede estar pasando. No es posible que vayamos a estar encerrados otras dos semanas más. No es posible que tengamos que soportar un mes entero sin cobrar. No es posible que se estén contagiando tantos sanitarios. No es posible que esté muriendo tanta gente.
 
Pero sí. Era posible. Estaba ocurriendo. Y no tenía pinta de que fuera a acabar pronto.
 
Y entonces llegó la depresión. Dejé de hacer deporte. Dejé de ponerme la camiseta del Atleti para animarme. Dejé de escuchar las noticias. Dejé de salir a aplaudir. Dejé de sonreír. Dejé de quitarme el pijama. Dejé de levantarme de la cama. Dejé de comer y hasta dejé de escuchar música. Como decía Ana Peleteiro, sólo quería que se acabaran los días.
 
Pero una es optimista por naturaleza, que para eso es del Atleti, y tiene una familia, unos compañeros de trabajo y de vida que molan mucho y amigos maravillosos al otro lado del teléfono y de las pantallas. Entre todos agarraron mi mano y tiraron de mí para sacarme del pozo. Tampoco les costó demasiado. Pesaba poco después de tantas lágrimas derramadas. Y mira, también estaba más desahogada. Me di licencia para llorar y funcionó. No se pueden reprimir los sentimientos. Pero tampoco puede una quedarse enganchada en ellos, especialmente si son negativos o tristes. Aunque viene bien sacar del cuerpo los pensamientos oscuros para dejar sitio a los claros.
 
Decidí dejar de ver la tele a la hora de las noticias y empecé a escuchar otras opiniones. Empecé a escuchar otras canciones. Y entré en la fase de la negociación. Empecé a hacerme otras preguntas. Como por ejemplo: por qué, si desde enero sabían que esto estaba pasando, nadie hizo nada para evitarlo. Por qué, si teníamos la solución delante de las narices, no hicieron nada para frenarlo. Por qué, si el secreto para frenar esta pandemia, porque vencerla es imposible, es hacer tests masivos a la población, no estamos esperando ya nuestro turno para hacérnolos.
 
Y entonces llegó la ira. Que es donde estoy ahora. Porque lo sabían desde hacía meses. Lo sabían cuando en enero cancelaron el Mundial de Atletismo en pista cubierta en Nanjing. Lo sabían cuando cancelaron el Mobile de Barcelona. Y no hicieron nada. La manga riega que aquí no llega.
 
Nos dejaron ir en vagones abarrotados del Metro, nos dejaron pagar con tarjeta y teclear los números en un datáfono, nos dejaron pulsar los botones de los ascensores, nos dejaron ir a conciertos multitudinarios, nos dejaron ir a congresos y manifestaciones, nos dejaron ir a los estadios de fútbol y luego nos llamaron irresponsables a tres mil de nosotros porque fuimos a Liverpool a presenciar en directo el último partido de la historia del mundo tal como lo conocíamos. Pero no hicieron nada para impedirlo.
 
Y luego nos pidieron que nos quedáramos en casa apelando a esa responsabilidad que ellos no tuvieron. Y no hablo sólo de los que gobiernan en España, también de los que gobiernan el mundo y permitieron que esta pandemia se extendiera sin control por el planeta y que a día de hoy nos mantiene encerrados en nuestras casas desde hace semanas. Se supone que nos gobiernan para decidir qué es lo mejor para nosostros no para condenarnos a una existencia virtual, vacía y a distancia. Y todo porque no escucharon a los científicos.
 
Los científicos, por cierto, dicen que la mejor manera de recuperar lo que fue nuestra vida antes del virus es hacernos test para determinar quienes de nosotros hemos pasado el virus, si tenemos anticuerpos, si tenemos la enfermedad sin síntomas o si no la hemos pasado.
 
También dicen que aunque esta enfermedad es nueva y están empezando a conocerla, la solución es proveer a los centros de salud de las máquinas que hacen los test para evaluar a toda la población lo antes posible, algo que sería tres veces más económico que las pérdidas que estamos sufriendo cada día, por no hablar de las humanas.
 
No sé qué fase me tocará pasar después pero lo único que deseo en este momento es hacer una cola para que nos hagan los test, test que funcionen, como pide mi amiga Mer. Y que nos dejen salir aunque sea con una pulserita como las de los festivales, una app en el móvil o un parche en la chaqueta como a los judíos en la Alemania nazi que determine a qué grupo pertenecemos. Lo que sea con tal de recuperar nuestra vida, volver a levantarnos con ganas de aprovechar el día y desear que no se acabe nunca. Justo lo contrario de lo que nos pasa ahora.
 
Y hablando de judíos. El político israelí Abba Eban dijo: "La historia nos ha enseñado que el hombre y las naciones se comportan sabiamente cuando han agotado todas las alternativas".
 
No esperen a agotar las alternativas. Actúen ya. Hágannos los test.


 

 

 

 

 

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