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Por Natalia Freire

La Deporteca

El Hombre de San Siro



 
El Hombre de San Siro


 

Cinco meses y un día. No es una condena. Son los días que han pasado desde la Final de Milán. Duele esa Final. Incluso más que Lisboa. No duele porque se escurriera entre mis dedos, una vez más y ante el mismo rival, la Copa de las grandes orejas. No cambio mis once guerreros por once copas. En la vida unas veces se gana y otras, la mayoría, se pierde. Orgullo es lo que siento por los hombres que me llevaron primero a Lisboa y luego a Milán. Pero el recuerdo del cruel desenlace de la historia, duele.
 
Trato de olvidarlo. De asumirlo. Pero vuelve. Porque esa copa era nuestra. Ese campeonato era de todos nosotros. Parecía que alguien había escrito el guión perfecto para una de esas películas de deportes en la que un equipo cae cerca de alcanzar la gloria y tras el dolor y la frustración se redime en la temporada siguiente logrando con mucho esfuerzo, perseverancia y fe, -porque siempre hay que creer-, el anhelado campeonato.
 
Pero la vida nunca es como en las películas. El guión está sujeto a giros dramáticos inesperados que convierten el final feliz en el final más despiadado.
 
De Milán no sólo traje lágrimas, dolor y miedos. También traje orgullo y esperanza. Orgullo de mis jugadores, de mis hermanos atléticos por tantos y tantos días de sueños y alegrías. Tantos minutos alentando. Tantas canciones y bailes. Tantos abrazos en la previa de cada partido, en cada gol, en cada encuentro. Tantos mensajes en clave. Tantos recuerdos compartidos. Y también traje esperanza. Porque esto no puede, no debe, acabar aquí. Esa no era la Final. Este no es el final. No me conformo con el Segundo Premio.
 
Sentado esperando a que llames, rezando por que des una señal, los días cada vez van más despacio y solamente puedo esperar.
 
Cinco meses y un día. No es una condena. Son los días que llevo buscándote. Desde que nuestros caminos se cruzaron. Desde que tu mirada se paró en la mía. Desde que vi mi reflejo en tus ojos negros. Desde que te escuché diciendo mi nombre. Desde que sentí que me conocías y deseé conocerte. Desde que te marchaste sin mirar atrás mientras yo te rogaba que te quedaras conmigo.
 
¿Por qué me hablaste así si no pensabas quedarte? ¿Por qué me miraste de ese modo si no pensabas hacerlo siempre? ¿Por qué te detuviste frente a mí si sabías que te irías? Por qué me dejaste allí, paralizada, embriagada por tus palabras observando tu huida escaleras abajo como el príncipe del cuento observaba a Cenicienta desvanecerse tras las doce campanadas. Sólo que tú ni siquiera perdiste tu New Balance...

 
Y si esto que ha pasado, va a pasarnos otra vez, y si todo ha sido en vano, no tienes que volver.
 
Cinco meses y un día. Son los días que han pasado desde la Final de Milán. Son los días que llevo buscándole. Es una condena. Porque le busco y le busco. Pero no le encuentro. Intento superar el dolor. Pero siempre vuelve. Aunque voy a seguir. Seguiré buscándole en cada rincón. Seguiré preguntando a todo el que estuvo en Milán y volvió tan triste y herido como yo. Les preguntaré si conocen a mi hombre misterioso de San Siro. Y no me rendiré hasta que le encuentre del mismo modo que sé que el Atleti seguirá peleando por llevarse esa copa traicionera. Y mientras le busco, le mando mensajes y le ruego que me dé una señal, seguiré soñando que las líneas se juntan, se diluyen, se fusionan, porque sé que en un universo paralelo más justo y hermoso, el Atlético de Madrid tiene una Copa de Europa y dos Champions y mi hombre misterioso de San Siro y yo, como en los cuentos, somos felices para siempre.
 

 

El Hombre de San Siro


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