Había una vez una niña que deseaba volar pero le dijeron que allí donde vivía nunca lo lograría.
Viajó a un país muy, muy lejano en el que todo estaba cubierto de nieve. Pasó mucho frío y muchas veces se sintió sola pero descubrió que si se deslizaba con una tabla sobre la nieve, podía volar.
Poco a poco empezó a practicar y a saltar cada vez más alto. Un día conoció a un joven sencillo y amable. Junto a él aprendió que aunque las cosas se pongan difíciles siempre hay que luchar y sonreír a la vida. Y en aquel momento, se sintió invencible. Y voló muy alto.
Junto al joven conoció el triunfo y también el amor. Todo marchaba de maravilla hasta que un día una bestia feroz y despiadada se llevó al joven para siempre dejando a la niña sola y triste.
Desolada, volvió a su país buscando el consuelo de su familia y sus amigos de siempre y encontró refugio y cariño. Pero aún sentía el vacío en su corazón. Entonces, descubrió que había dos cosas que le hacían sentir más cerca de su amor: la nieve y el cielo.
Viajó hacia el frío con el corazón congelado pero con la esperanza de volver a sentirse viva. Ajustó sus pies a la tabla y empezó a deslizarse sobre la nieve, suavemente. Sintió la brisa en su rostro y sonrió. Entonces, la brisa le trajo un susurro que decía: ¡Vuela!
Y así fue cómo la niña descubrió que aunque la bestia feroz le hubiese arrebatado a su amor jamás le quitaría sus recuerdos.
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