Su equipo perdía 3-2 y dos de los tres goles en contra habían sido por fallo suyo. Sus compañeros le animaban pero él estaba desolado. Era rápido en los despejes y chutaba muy duro pero su punto débil estaba en el uno contra uno.
Su padre le gritaba desde la grada:
-¡Tranquilo, Kike! Concéntrate en el juego. No pasa nada.
El entrenador le dijo que subiera a rematar el córner. Él lo hizo aunque sin mucha convicción.
Sergio, el goleador del equipo le dijo:
-Ahora vas a marcar tú el gol del empate.
Kike le miró como si acabara de decir una tontería pero cuando sacaron el córner Sergio, que estaba a su lado, se abrió a la derecha dejando el hueco para que el balón quedara a los pies de Kike que no se lo pensó y de un zurdazo lo envió al fondo de las mallas. Todos sus compañeros le abrazaron y entonces Kike tuvo la certeza de que esos niños eran los mejores amigos que podía tener.
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