El deporte es cultura - La cultura del deporte

Por Natalia Freire

La Deporteca

Una Carta y Un Retrato



 
Una Carta y Un Retrato

 

Luis Aragonés era como mi padre. Con esta afirmación no me refiero a que mi relación con él fuera como la que se tiene con un padre porque, por desgracia, no le conocí personalmente; a Luis, quiero decir, no a mi padre.
 
Lo que pretendía explicar es que Luis tenía un carácter muy parecido al de mi padre. Ambos tenían mucho genio, decían las cosas claras y para ello empleaban pocas palabras. También compartían un tremendo sentido del humor, la lealtad por los amigos y el profundo amor por su familia aunque pocas veces escucháramos palabras tiernas salir de sus labios. Ambos reiteraban sus aseveraciones si eran discutidas y hablaban con vehemencia de aquello que les tocaba el corazón.
 
Y no sé si es por esta razón o por culpa de la letra de la canción de Glutamato Ye Ye, "Soy un socio del Atleti", por la que llevo en mi cartera, desde hace mil años, una foto de Luis Aragonés junto a la de mi padre.
 
Como Luis, mi padre era muy del Atleti, tanto que, a veces, hasta le dolía. Estuvo en Heysel junto a muchos otros aficionados que volvieron con la decepción de haber sido casi Campeones de Europa. Muchas veces recordó aquel viaje, el gol de Luis y el de aquel alemán, Schwarzenbeck o cómo demonios se llamara, que tiró desde su casa para acabar con su alegría y la de todos los colchoneros.
 
Desde muy pequeña acompañé a mi padre, (y también a mi madre) al Vicente Calderón. Y cuando yo le hablaba de Pedraza, Rubio, Arteche o Abel él me contestaba que como Gárate, Adelardo, Pereira y Luis, nada de nada.
 
A mí me hacía gracia porque me crié viendo a Luis en la banda, como entrenador, y no me lo imaginaba jugando con la camiseta rojiblanca por muchas fotos y revistas antiguas que mi padre me enseñara.
 
Luis también estaba en la banda del Bernabéu en la Final de Copa del 92. Aquéllas palabras que pronunció en el vestuario calaron en el corazón de los aficionados. Ésa es la razón por la que se hicieron tan célebres entre la afición colchonera en los días que precedieron la Final de Copa de 2013. El discurso de Luis circuló por todas las redes sociales como si fueran las palabras de Al Pacino encarnando al entrenador Tony D`Amato en Un Domingo Cualquiera. Ganar o Perder. Vivir o morir.
 
A Luis también le recuerdo en los banquillos de los equipos rivales. Jamás olvidaré la última jornada de la temporada 94-95, con el Atleti jugándose la promoción en el Pizjuán ante el Sevilla F.C que entrenaba Luis Aragonés. ¡Nos las hizo pasar canutas!
 
Tampoco olvidaré su imagen aquel 7 de Mayo de 2000 en el banquillo del Tartiere. Luis fue muy profesional y el Real Oviedo jugó para ganar el partido que nos mandaba directos al infierno. Nadie le culpó. Nadie se lo reprochó. Ese Atleti se había ganado el descenso a pulso pero el rostro serio de Luis y su mirada perdida reflejaban su pesar. Había cumplido con su obligación como técnico pero estaba destrozado viendo a su equipo del alma en Segunda División y a todos nosotros llorando desconsolados.
 
Por eso creo que, tras el año del no-ascenso, volvió a casa. Aceptó entrenar a un equipo de Segunda tras dejar a un equipo humilde como el Mallorca en Liga de Campeones. Fue entonces cuando se convirtió en un ídolo para toda la afición. Incluso para aquéllos que nunca le vimos como jugador. Luis ya lo era todo en el mundo del fútbol. Su prestigio y su profesionalidad estaban sobradamente probados. Entonces, ¿por qué rebajarse a entrenar en Segunda? La respuesta es la misma por la que miles de atléticos renovamos el abono aquéllos años: Por amor. Por amor a un sentimiento, a unos colores. Acudió al rescate sin pensar en el pasado, en las disputas, en las diferencias, a pesar de los dirigentes o las circunstancias. Acudió por nosotros, los aficionados, por los que estuvieron en Heysel, en Sevilla, en Oviedo o en Getafe. Por lealtad a unos colores. Como la sangre a la herida.
 
La primera vez que le vi dirigiendo un partido al Atleti de Segunda tuve la sensación de volver a ser una niña porque su estampa, sus gestos dando indicaciones, y su forma de entrar y salir del banquillo me recordaron esos días. Habían pasado los años pero Luis seguía siendo Luis.
 
El Atlético de Madrid logró el ascenso antes de que acabara la temporada. Y cumplió 100 años con Luis como entrenador y con Torres emergiendo.
 
La culminación de toda esta historia llegó en el Ernst Happel de Viena. España era Campeona de Europa haciendo un fútbol que maravillaba al mundo y el gol de la victoria lo había marcado Torres con Luis en el banquillo. Sublime.
 
Luis siempre me recordó a mi padre y desde que él murió, cada vez que veía o escuchaba a Zapatones, no podía evitar sonreír. Sabía que mi padre, allá donde estuviera, también estaría sonriendo. Pero desde que Luis se fue el vacío es un poco más grande. Una pena haberles perdido. Una suerte haberles tenido...
 
Aunque, la verdad, creo que Luis siempre estuvo y nunca se irá del alma de los atléticos. Tengo la certeza de que le día 17 de Mayo de 2014 estuvo en el área del Barcelona achicando balones junto a Godín y que una semana después estuvo en Lisboa maldiciendo nuestra suerte igual que hiciera 40 años atrás en Bruselas. Y me consuela saber que cada vez que voy al Calderón puedo echar un vistazo al banquillo e imaginarle dando indicaciones a los chicos del mismo modo que echo un vistazo al Fondo Norte y allí, en el Tercer Anfiteatro, veo a mi padre.
 


 

 

 

 

 

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