El deporte es cultura - La cultura del deporte

Por Natalia Freire

La Deporteca

Seguimos Creyendo



 
Seguimos Creyendo


 

Nick Hornby explicaba en su Fiebre en las Gradas que, la lealtad, al menos en términos futbolísticos, no es objeto de una elección moral como la valentía o la amabilidad, sino más bien como una verruga o una joroba, es decir, algo con lo que uno tiene que aprender a convivir irremediablemente. Los matrimonios no son ni de lejos tan rígidos. Es imposible cazar por sorpresa a un hincha del Arsenal que vaya al campo del Totenham a escondidas.
 
También decía que el hecho de que conociera buena parte de la geografía inglesa y Europea no se debe a la escuela sino a los partidos fuera de casa y a las páginas deportivas de los periódicos.
 
Llegué a Milán llevada por mi lealtad a unos colores y gastando una fortuna con el convencimiento de que el Atleti sería Campeón de Europa el 28 de mayo de 2016. Ni siquiera contemplé la posibilidad de lo contrario. Pero no.
 
De nada sirvieron conjuras, pálpitos ni amuletos. De nada sirvió apelar a la justicia divina, al merecimiento, a la revancha o al es ahora o nunca.
 
Bien es cierto que el destino parecía haber planteado un guión perfecto. Pase a cuartos épico con un Juanfran ejerciendo de héroe, gesta ante el Campeón de España, Europa y el Mundo en cuartos de final, cobro de facturas atrasadas a los alemanes en semifinales y Final para borrar con la goma de Milán el pasado doloroso de Lisboa.
 
Dejé de creer en la suerte hace tiempo. Sé de sobra que el favorito de esa señora viste de blanco y que nosotros le molestamos. Muy bien. Aceptado.
 
También dejé de creer en los que imparten justicia porque han demostrado que prefieren favorecer al negocio que hacer bien su trabajo. ¿De qué sirve la tecnología si no la utilizamos?
 
En lo único que creo es en el esfuerzo. Este equipo trabaja más que ninguno. No hay más que ver lo que se esforzaron para llegar a Milán. El camino fue tan difícil como hermoso. Quizás por ser tan duro fue tan hermoso.
 
La jornada fue perfecta. Ambiente inmejorable. Encuentros con atléticos y madridistas en un clima festivo y fraternal. Buenos deseos por parte de todos. Ausencia de incidentes.
 

Seguimos Creyendo


 
San Siro es un estadio enorme. Subir hasta el anfiteatro fue como escalar el Alpe d'Huez. Pero somos del Atleti. Montañas a mí.
 
María iba conmigo. Al llegar arriba dijo:
 
-¡Pues mira qué bien! Ni siquiera me he fatigado.
 
Antes de cumplirse los 15 minutos marcó el rival. En offside. Nada nuevo bajo el sol. Seguimos.
 
Penalti a favor lanzado por el muchacho francés que con sus goles y su sonrisa nos ha hecho soñar toda la temporada. Se estrella contra el larguero. La diosa fortuna sigue favoreciendo a los de blanco. Pero la reacción ha sido buena. Hay tiempo. Seguimos.
 
Cambio del Cholo y empate. Los cambios del Cholo deciden los partidos. Esta historia me suena. Vamos bien. Seguimos.
 
El rival está grogui pero no llega el K.O. Llegamos a los penaltis. Se complica la cosa pero somos valientes. Seguimos.
 
Juro que ni siquiera en ese momento temí por la Champions. Hasta que todo terminó. Fue entonces cuando sentí un crujido en mi corazón, como si se me hubiese roto el alma. Por primera vez en mi vida no me quedé a aplaudir a vencedores y vencidos. Sí. Ganemos o perdamos, siempre me quedo. Una sabe ganar y perder. Pero, insisto, por primera vez en mi vida, no aplaudí, canté y lloré al mismo tiempo a nadie. Me superó. Quise huir. Quise desaparecer. No acepté lo que estaba ocurriendo. No quise ver a los jugadores llorando. No pude soportar la idea de ver al rival celebrando. No pude consolar ni aplaudir a mis héroes, esos valientes de rojo y blanco que, en un año oscuro para mí, llenaron de ilusión mis días y se convirtieron en la única luz de mi vida.
 
Huí de San Siro llorando desconsolada. Planteándome si todo este esfuerzo físico y económico para alentarles había valido la pena. Huí por las calles de Milán, envuelta en la Bandera perdida y hallada, hacia un lugar desconocido, porque en todo este tiempo nunca me planteé encontrarme allí.
 
A mi lado caminaban dos hombres que me abrazaban y trataban de consolarme sin éxito y una mujer experta en superar con entereza y valentía todo lo malo que se presente y en encontrar consuelo en lo más sencillo.
 
-Se han llevado el trofeo pero no han podido vencernos -me dijo ella.
 
La vuelta a casa fue en silencio. Un silencio ni siquiera roto por mi llanto ahogado ni por el crujido de mi alma, que seguía rompiéndose. Un silencio que había convertido mi corazón en un páramo. Y un miedo atroz a las consecuencias de esa segunda Final perdida. Si el Cholo nos dejaba, me moriría. El dolor iba a ser mayor que la derrota. Y podía pasar. Simeone dijo en rueda de prensa que había fracasado, que nos había fallado. Que tenía que pensar.
 
Muchos creerán que no era el momento de decir aquello, cuando todos sus fieles, los que creemos en él, los que le consideramos nuestro Jesucristo Particular, necesitábamos uno de sus mensajes motivadores para encontrar alivio al dolor de no levantar esa Champions. Pero entiendo al Cholo. Entiendo que quisiera dimitir. Yo lo hice huyendo de San Siro.
 
Ya en casa, deseé dormir hasta que empezara la temporada que viene. Desperté con la misma sensación con la que me dormí, escuchando un silencio atronador, sin voz para poder romperlo y sintiendo el crujir de la herida en mi alma.
 
En mi teléfono estaba pasando eso que yo llamo el momento Hornby. Mensajes de todo el mundo, animándome. Pero lejos de animarme me hicieron sentir culpable por mi huida.
 

Seguimos Creyendo


 
Debí quedarme. Debí dejarme la poca voz y todas las lágrimas que me quedaban gritando a Juanfran que no tenía que pedirnos perdón porque sin él no hubiésemos llegado a Milán. A Gabi, que es el mejor capitán que se puede tener. A Torres, que habría más finales para los dos. A Filipe, que había sido el mejor del partido y que gracias por volver. A Godín, que su sangre, su ojo morado y su generosidad eran mi inspiración. A todo el equipo, incluyendo al cuerpo técnico, que en un año que está siendo de una tristeza tan grande como el océano, ellos habían sido mi tabla de salvación.
 
Debí quedarme para abrazar a toda la Nación Atlética, a los conocidos y a los desconocidos, porque igual que la alegría aumenta si es compartida, la pena disminuye al hacerlo. Y porque ellos son mis compatriotas y sabían muy bien cómo me sentía. Porque ya lo escribimos en una camiseta hace tres años cuando fuimos campeones ante el mismo rival. Porque ser campeón no es sólo un título, ser campeón no es una meta, es una actitud.
 

Seguimos Creyendo


 
Desde que salí de San Siro en mi cabeza retumba la canción que U2 le dedicó a Martin Luther King titulada Pride (In the name of love), Orgullo (En el nombre del amor). Supongo que asocié su estribillo a mis sentimientos. Y es que, siento orgullo aunque hayamos perdido y me pregunto qué más tenemos que hacer, equipo y aficionados, en el nombre del amor a unos colores.
 
In the name of love. What more in the name of love
 
Puede que el paralelismo no sea muy acertado pero creo que Diego Pablo Simeone es también el faro de un colectivo que trabaja, busca y desea un mundo más justo, más amable, menos duro y cruel con una gran minoría, la rojiblanca. O puede que esa canción resuene en mi cabeza porque, tal como decía Martin Luther King: I still have a dream.
 
Es cierto. Todavía tengo un sueño. Sigo soñando. Sigo creyendo.
 
Dale alegría , alegría a mi corazón, la Liga de Campeones es mi obsesión...
 
25 de abril de 2016. El partido Atleti -Málaga había acabado hacía rato pero el F.A seguía cantando. Para ellos el Atleti-Bayern de semifinales de UCL ya había empezado


 

 

 

 

 
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